Para la África de 6 años:
Aún recuerdo el día en el que dijeron que tenían que ponerte gafas, no te preocupó en absoluto, porque así eras tú, despreocupada e indiferente ante las opiniones de los demás.
Elegiste unas gafas de pasta rosa, redondas que te enamoraron tan sólo porque tenían una imagen de Mickey en las patillas y Disney era tu mundo. Te viste rara, pero te encantaban tus gafas y estabas deseando ver la reacción de tus compañeros.
Meses antes te habían colocado un aparato de braquets llamativos con gomitas de color rosa y te chiflaba que tus gafas fueran a juego con tu aparato.
Y de repente, la tarde de ese mismo día cuando llegaste a clase todos se rieron de ti, porque las gafas eran feas y porque tú estabas fea con ellas.
Recuerdo como tu compañero de delante se giró, te miró y te llamó "Betty la fea", la profesora te defendió diciendo que deberías salir en el periódico para que todo el mundo supiera lo guapa que estabas y el insulto y las risas no importaron.
No obstante, a la mañana siguiente coincidiste en el recreo con niños y niñas de cursos más mayores al tuyo y no dudaron en señalarte con el dedo, en reírse, en llamarte "Betty la fea", etc.
No tenías amigos, tenías un mejor amigo que por x circunstancias cambió de colegio y te quedaste sola.
Nadie se te quería acercar, nadie quería jugar contigo porque además de llevar gafas y aparato estabas rellenita y claro, tampoco te librabas de los insultos de gorda.
Llegabas a casa y llorabas todos los días porque no entendías cual era el problema.
Recuerdo que jugabas con amigos imaginarios por el patio del recreo, viviendo aventuras aparentemente sola.
Años más tarde la vida mejoró y pasaste los recreos con tu hermana y sus amigas, y cuando ellas se fueron del colegio con tus propias amigas.
Ahora, tengo 21 años y me encantaría que alguien te hubiera enseñado de que somos capaces ahora, de quienes somos, de nuestras amistades y experiencias vividas.
De que a lo mejor ese "hermosa" no era para ti, sino para la baldosa pero que ahora y en aquel entonces eras hermosa, por dentro y por fuera.
Pasaste, lo superaste, y, aunque caíste y creíste sus palabras en más de una ocasión, seguiste adelante. Gracias por no creerles y por valorarte hasta el día de hoy. Te quiero.
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